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CULTURAMONTEFRIO

LA CULTURA POR VARGAS LLOSA

BREVE DISCURSO SOBRE LA CULTURA
              Por Mario VARGAS LLOSA
Excelentísimo y Magnífico señor Rector
Ilustrísimas autoridades
Señores miembros de la Comunidad Universitaria
Señoras y señores
Queridos amigos
  Me  siento  muy  agradecido  a  la  Universidad  de  Granada  por  honrarme
concediéndome  este  doctorado  honoris  causa,  y,  muy  especialmente,  a  mi  querido
amigo  D.  Blas  Gil  Extremera,  quien,  creo,  ha  sido  el  instigador  principal  de  esta
conspiración fraterna de la que soy beneficiario. Sé muy bien que ser incorporado, de
manera  simbólica,  al  claustro  de  profesores  de  esta  institución  es  tanto  un
reconocimiento como un mandato de rigor y honestidad. Ni qué decir qué haré cuanto
esté a mi alcance para no defraudarlos.
  A lo largo de la historia, la noción de cultura ha tenido distintos significados y
matices.  Durante  muchos  siglos  fue  un  concepto  inseparable  de  la  religión  y  del
conocimiento  teológico,  en  Grecia  estuvo  marcado  por  la  filosofía  y  en  Roma  por  el
Derecho, en tanto que en el Renacimiento lo impregnaban sobre todo la literatura y las
artes.  En  épocas  más  recientes  como  la  Ilustración  fueron  la  ciencia  y  los  grandes
descubrimientos científicos los que dieron el sesgo principal a la idea de cultura. Pero, a 2
pesar  de  esas  variantes  y  hasta  nuestra  época,  cultura  siempre  significó  una  suma  de
factores  y  disciplinas  que,  según  un  amplio  consenso  social,  la  constituían  y  ella
implicaba: la reivindicación de un patrimonio de ideas, valores y obras de arte, de unos
conocimientos históricos, religiosos, filosóficos y científicos en constante evolución y el
fomento de la exploración de nuevas formas artísticas y literarias y de la investigación
en todos los campos del saber.
  La cultura estableció siempre unos rangos sociales entre quienes la cultivaban, la
enriquecían con aportes diversos, la hacían progresar y quienes se desentendían de ella,
la despreciaban o ignoraban, o eran excluidas de ella por razones sociales y económicas.
En todas las épocas históricas, hasta la nuestra, en una sociedad había personas cultas e
incultas, y, entre ambos extremos, personas más o menos cultas o más o menos incultas,
y  esta  clasificación  resultaba  bastante  clara  para  el  mundo  entero  porque  para  todos
regía un mismo sistema de valores, criterios culturales  y maneras de pensar, juzgar  y
comportarse.
  En nuestro tiempo todo aquello ha cambiado. La noción de cultura se extendió
tanto que, aunque nadie se atrevería a reconocerlo de manera explícita, se ha esfumado.
Se volvió un fantasma inaprensible, multitudinario y traslativo. Porque ya nadie es culto
si todos creen serlo o si el contenido de lo que llamamos cultura ha sido depravado de
tal modo que todos puedan justificadamente creer que lo son.
  La más remota señal de este proceso de progresivo empastelamiento y confusión
de  lo  que  representa  una  cultura  la  dieron  los  antropólogos,  inspirados,  con  la  mejor
buena fe del mundo, en una voluntad de respeto y comprensión de las sociedades más
primitivas  que  estudiaban.  Ellos  establecieron  que  cultura  era  la  suma  de  creencias,
conocimientos,  lenguajes,  costumbres,  atuendos,  usos,  sistemas  de  parentesco  y,  en
resumen, todo aquello que un pueblo dice, hace, teme o adora.  Esta definición no se 3
limitaba  a  establecer  un  método  para  explorar  la  especificidad  de  un  conglomerado
humano  en  relación  con  los  demás.  Quería  también,  de  entrada,  abjurar  del
etnocentrismo prejuicioso y racista del que Occidente nunca se ha cansado de acusarse.
El propósito no podía ser más generoso, pero, ya sabemos, por el famoso dicho, que el
infierno está empedrado de buenas intenciones. Porque una cosa es creer que todas las
culturas  merecen  consideración  ya  que,  sin  duda,  en  todas  hay  aportes  positivos  a  la
civilización humana, y otra, muy distinta, creer que todas ellas, por el mero hecho de
existir, se equivalen. Y es esto último lo que asombrosamente ha llegado a ocurrir en
razón de un prejuicio monumental suscitado por el deseo bienhechor de abolir de una
vez y para siempre todos los prejuicios en  materia de cultura. La corrección política ha
terminado por convencernos de que es arrogante, dogmático, colonialista y hasta racista
hablar  de  culturas  superiores  e  inferiores  y  hasta  de  culturas  modernas  y  primitivas.
Según esta arcangélica concepción, todas las culturas, a su modo y en su circunstancia,
son iguales, expresiones equivalentes de la maravillosa diversidad humana.
  Si  etnólogos  y  antropólogos  establecieron  esta  igualación  horizontal  de  las
culturas, diluyendo hasta la invisibilidad la acepción clásica del vocablo,  los sociólogos
por su parte –o, mejor dicho, los sociólogos empeñados en hacer crítica literaria- han
llevado  a  cabo  una  revolución  semántica  parecida,  incorporando  a  la  idea  de  cultura,
como parte integral de ella, a la incultura, disfrazada con el nombre de cultura popular,
una forma de cultura menos refinada, artificiosa y pretenciosa que la otra, pero mucho
más  libre,  genuina,  crítica,  representativa  y  audaz.  Diré  inmediatamente  que  en  este
proceso  de  socavamiento  de  la  idea  tradicional  de  cultura  han  surgido  libros  tan
sugestivos  y  brillantes  como  el  que  Mijail  Bajtín  dedicó  a  “La  cultura  popular  en  la
Edad Media y el Renacimiento.  El contexto de François Rabelais” en el que contrasta,
con  sutiles  razonamientos  y  sabrosos  ejemplos,  lo  que  llama  “cultura  popular”,  que, 4
según el crítico ruso, es una suerte de contrapunto a la cultura oficial y aristocrática, la
que se conserva y brota en los salones, palacios, conventos y bibliotecas, en tanto que la
popular nace y vive en la calle, la taberna, la fiesta, el carnaval y en la que aquella es
satirizada con réplicas que, por ejemplo, desnudan y exageran lo que la cultura oficial
oculta  y  censura  como  el  “abajo  humano”,  es  decir,  el  sexo,  las  funciones
excrementales, la grosería y oponen el rijoso “mal gusto” al supuesto “buen gusto” de
las clases dominantes.
  No hay que confundir la clasificación hecha por Bajtín y otros críticos literarios
de estirpe sociológica –cultura oficial y cultura popular- con aquella división que desde
hace  mucho  existe  en  el  mundo  anglosajón,  entre  la “high  brow  culture”    y  la “low
brow culture”: la cultura de la ceja levantada y la de la ceja alicaída. Pues en este último
caso estamos siempre dentro de la acepción clásica de la cultura y lo que distingue a una
de otra es el grado de facilidad o dificultad que ofrece al lector, oyente, espectador y
simple cultor el hecho cultural. Un poeta como T. S. Eliot y un novelista como James
Joyce pertenecen a la cultura de la ceja levantada en tanto que los cuentos y novelas de
Ernest Heminway o los poemas de Walt Whitman a la de la ceja alicaída pues resultan
accesibles a los lectores comunes y corrientes. En ambos casos estamos siempre dentro
del dominio de la literatura a secas, sin adjetivos. Bajtín y sus seguidores (conscientes o
inconscientes) hicieron algo mucho más radical: abolieron las fronteras entre cultura e
incultura  y  dieron  a  lo  inculto  una  dignidad  relevante,  asegurando  que  lo  que  podía
haber  en  este  discriminado  ámbito  de  impericia,  chabacanería  y  dejadez  estaba
compensado  largamente  por  su  vitalidad,  humorismo,  y  la  manera  desenfadada  y
auténtica con que representaba las experiencias humanas más compartidas.
  De este modo han ido desapareciendo de nuestro vocabulario, ahuyentados por
el miedo a incurrir en la incorrección política, los límites que mantenían separadas a la 5
cultura  de  la  incultura,  a  los  seres  cultos  de  los  incultos.  Hoy  ya  nadie  es  inculto  o,
mejor dicho, todos somos cultos. Basta abrir un periódico o una revista para encontrar,
en los artículos de comentaristas y gacetilleros, innumerables referencias a la miríada de
manifestaciones de esa cultura universal de la que somos todos poseedores, como por
ejemplo “la cultura de la pedofilia”, “la cultura de la marihuana”,  “la cultura punqui”,
“la cultura de la estética nazi” y cosas por el estilo. Ahora todos somos cultos de alguna
manera, aunque no hayamos leído nunca un libro, ni visitado una exposición de pintura,
escuchado un concierto, ni aprendido algunas nociones básicas de los  conocimientos
humanísticos, científicos y tecnológicos del mundo en que vivimos. 
  Queríamos acabar con las élites, que nos repugnaban moralmente por el retintín
privilegiado,  despectivo  y  discriminatorio  con  que  su  solo  nombre  resonaba  ante
nuestros ideales igualitaristas y, a lo largo del tiempo, desde distintas trincheras, fuimos
impugnando y deshaciendo a ese cuerpo exclusivo de pedantes que se creían superiores
y se jactaban de monopolizar el saber, los valores morales, la elegancia espiritual y el
buen  gusto.  Pero  lo  que  hemos  conseguido  es  una  victoria  pírrica,  un  remedio  que
resultó  peor  que  la  enfermedad:  vivir  en  la  confusión  de  un  mundo  en  el  que,
paradójicamente, como ya no hay manera de saber qué cosa es cultura, todo lo es y ya
nada lo es.
  Sin  embargo,  se  me  objetará,  nunca  en  la  historia  ha  habido  un  cúmulo  tan
grande  de  descubrimientos  científicos,  realizaciones  tecnológicas,  ni  se  han  editado
tantos libros, abierto tantos museos ni pagado precios tan vertiginosos por las obras de
artistas antiguos y modernos. ¿Cómo se puede hablar de un mundo sin cultura en una
época en que las naves espaciales construidas por el hombre han llegado a las estrellas y
el porcentaje de analfabetos es el más bajo de todo el acontecer humano? Sí, todo ese
progreso es cierto, pero no es obra de mujeres y hombres cultos sino de especialistas. Y 6
entre la cultura y la especialización hay tanta distancia como entre el hombre de Cro-
Magnon y los sibaritas neurasténicos de Marcel Proust. De otro lado, aunque haya hoy
muchos más alfabetizados que en el pasado, este es un asunto cuantitativo y la cultura
no tiene mucho que ver con la cantidad, sólo con la cualidad. Es decir, hablamos de
cosas  distintas.  A  la  extraordinaria  especialización  a  que  han  llegado  las  ciencias  se
debe, sin la menor duda, que hayamos conseguido reunir en el mundo de hoy un arsenal
de  armas  de  destrucción  masiva  con  el  que  podríamos  desaparecer  varias  veces  el
planeta en que vivimos y contaminar de muerte los espacios adyacentes. Se trata de una
hazaña científica y tecnológica, sin lugar a dudas y, al mismo tiempo, una manifestación
flagrante  de  barbarie,  es  decir,  un  hecho  eminentemente  anticultural  si  la  cultura  es,
como creía T. S. Eliot, “todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido”.
  La cultura es –o era, cuando existía- un denominador común, algo que mantenía
viva  la  comunicación  entre  gentes  muy  diversas  a  las  que  el  avance  de  los
conocimientos obligaba a especializarse, es decir, a irse distanciando e incomunicando
entre  sí.  Era,  así  mismo,  una  brújula,  una  guía  que  permitía  a  los  seres  humanos
orientarse en la espesa maraña de los conocimientos sin perder la dirección y teniendo
más o menos claro, en su incesante trayectoria, las prelaciones, lo que es importante de
lo que no lo es, el camino principal y las desviaciones inútiles. Nadie puede saber todo
de todo –ni antes ni ahora aquello fue posible-, pero al hombre culto la cultura le servía
por lo menos para establecer jerarquías y preferencias en el campo del saber y de los
valores  estéticos.  En  la  era  de  la  especialización  y  el  derrumbe  de  la  cultura  las
jerarquías han desaparecido en una amorfa mezcolanza en la que, según el embrollo que
iguala a  las innumerables formas de vida bautizadas como culturas, todas las ciencias y
las técnicas se justifican y equivalen, y no hay modo alguno de discernir con un mínimo
de objetividad qué es bello en el arte y qué no lo es. Incluso hablar de este modo resulta 7
ya obsoleto pues la noción misma de belleza está tan desacreditada como la clásica idea
de cultura. 
  El especialista ve y va lejos en su dominio particular pero no sabe lo que ocurre
a  sus  costados  y  no  se  distrae  en  averiguar  los estropicios  que  podría  causar  con  sus
logros en otros ámbitos de la existencia, ajenos al suyo. Ese ser unidimensional, como
lo  llamó  Marcuse,  puede  ser,  a  la  vez,  un  gran  especialista  y  un  inculto  porque  sus
conocimientos, en vez de conectarlo con los demás, lo aíslan en una especialidad que es
apenas una diminuta celda del vasto dominio del saber. La especialización, que existió
desde  los  albores  de  la  civilización,  fue  aumentando  con  el  avance  de  los
conocimientos, y lo que mantenía la comunicación social, esos denominadores comunes
que son los pegamentos de la urdimbre social, eran las élites, las minorías cultas, que
además de tender puentes e intercambios entre las diferentes provincias del saber –las
ciencias, las letras, las artes y las técnicas- ejercían una influencia, religiosa o laica, pero
siempre cargada de contenido moral, de modo que aquel progreso intelectual y artístico
no  se  apartara  demasiado  de  una  cierta  finalidad  humana,  es  decir  que,  a  la  vez  que
garantizara  mejores  oportunidades  y  condiciones  materiales  de  vida,  significara  un
enriquecimiento  moral  para  la  sociedad,  con  la  disminución  de  la  violencia,  de  la
injusticia, la explotación, el hambre, la enfermedad y la ignorancia.   
  En  su  célebre  ensayo,  “Notas  para  la  definición  de  la  cultura”,  T.  S.  Eliot
sostuvo que no debe identificarse a  ésta con  el conocimiento –parecía estar hablando
para nuestra época más que para la suya porque hace medio siglo el problema no tenía
la gravedad que ahora- porque cultura es algo que antecede y sostiene al conocimiento,
una  actitud  espiritual  y  una  cierta  sensibilidad  que  lo  orienta  y  le  imprime  una
funcionalidad  precisa,  algo  así  como  un  designio  moral.  Como  creyente,  Eliot
encontraba en los valores de la religión cristiana aquel asidero del saber y la conducta 8
humana que llamaba la cultura. Pero no creo que la fe religiosa sea el único sustento
posible para que el conocimiento no se vuelva errático y autodestructivo como el que
multiplica los polvorines atómicos o contamina de venenos el aire, el suelo y las aguas
que nos permiten vivir. Una moral y una filosofía laicas cumplieron, desde los siglos
dieciocho  y  diecinueve,  esta  función  para  un  amplio  sector  del  mundo  occidental.
Aunque, es cierto que, para un número tanto o más grande de los seres humanos, resulta
evidente  que  la  trascendencia  es  una  necesidad  o  urgencia  vital  de  la  que  no  pueden
desprenderse sin caer en la anomia o la desesperación.
  Jerarquías en el amplio espectro de los saberes que forman el conocimiento, una
moral todo lo comprensiva que requiere la libertad y que permita expresarse a la gran
diversidad de lo humano pero firme en su rechazo de todo lo que envilece y degrada la
noción  básica  de  humanidad  y  amenaza  la  supervivencia  de  la  especie,  una  élite
conformada no por la razón de nacimiento ni el poder económico o político sino por el
esfuerzo,  el  talento  y  la  obra  realizada  y  con  autoridad  moral  para  establecer,  no  de
manera  rígida  sino  flexible  y  renovable,  un  orden  de  prelación  e  importancia  de  los
valores tanto en el espacio propio de las artes como en las ciencias y técnicas: eso fue la
cultura en las circunstancias y sociedades más cultas que ha conocido la historia y lo
que debería volver a ser si no queremos progresar sin rumbo, a ciegas, como autómatas,
hacia nuestra propia desintegración. Sólo de este modo la vida iría siendo cada día más
vivible  para  el  mayor  número  en  pos  del  siempre  inalcanzable  anhelo  de  un  mundo
feliz.
  Sería equivocado atribuir en este proceso funciones idénticas a las ciencias y a
las  letras  y  a  las  artes.  Precisamente  por  haber  olvidado  distinguirlas  ha  surgido  la
confusión  que  prevalece  en  nuestro  tiempo  en  el  campo  de  la  cultura.  Las  ciencias
progresan, como las técnicas, aniquilando lo viejo, anticuado y obsoleto, para ellas el 9
pasado  es  un  cementerio,  un  mundo  de  cosas  muertas  y  superadas  por  los  nuevos
descubrimientos  e  invenciones.  Las  letras  y  las  artes  se  renuevan  pero  no  progresan,
ellas  no  aniquilan  su  pasado,    construyen  sobre  él,  se  alimentan  de  él  y  a  la  vez  lo
alimentan, de modo que a pesar de ser tan distintos y distantes un Velásquez está tan
vivo como Picasso y Cervantes sigue siendo tan actual como Borges o Faulkner. 
  Las ideas de especialización y progreso, inseparable de la ciencia, son írritas a
las letras y a las artes, lo que no quiere decir, desde luego, que la literatura, la pintura y
la  música  no  cambien  y  evolucionen.  Pero  no  se  puede  decir  de  ellas,  como  de  la
química y la alquimia, que aquella abole a ésta y la supera. La obra literaria y artística
que alcanza cierto grado de excelencia no muere con el paso del tiempo: sigue viviendo
y enriqueciendo a las nuevas generaciones y evolucionando con éstas. Por eso, las letras
y las artes constituyeron hasta ahora el denominador común de la cultura, el espacio en
el que era posible la comunicación entre seres humanos pese a la diferencia de lenguas,
tradiciones,  creencias  y  épocas,  pues  quienes  se  emocionan  con  Shakespeare,  se  ríen
con  Molière  y  se  deslumbran  con  Rembrandt  y  Mozart  se  acercan  a  y  dialogan  con
quienes  en  el  tiempo  que  aquellos  escribieron,  pintaron  o  compusieron,  los  leyeron,
oyeron y admiraron.  
  Ese espacio común, que nunca se especializó, que ha estado siempre al alcance
de  todos,  ha  experimentado  períodos  de  extrema  complejidad,  abstracción  y
hermetismo,  lo  que  constreñía  la  comprensión  de  ciertas  obras  a  una  élite.  Pero  esas
obras  experimentales  o  de  vanguardia,  si  de  veras  expresaban  zonas  inéditas  de  la
realidad  humana  y  creaban  formas  de  belleza  perdurable,  terminaban  siempre  por
educar  a  sus  lectores,  espectadores  y  oyentes  integrándose  de  este  modo  al  espacio
común  de  la  cultura.  Ésta  puede  y  debe  ser,  también,  experimento,  desde  luego,  a
condición  de  que  las  nuevas  técnicas  y  formas  que  introduzca  la  obra  así  concebida amplíen el horizonte de la experiencia de la vida, revelando sus secretos más ocultos, o
exponiéndonos a valores estéticos inéditos que revolucionan nuestra sensibilidad y nos
dan  una  visión  más  sutil  y  novedosa  de  ese  abismo  sin  fondo  que  es  la  condición
humana.
  La  cultura  puede  ser  experimento  y  reflexión,  pensamiento  y  sueño,  pasión  y
poesía  y  una  revisión  crítica  constante  y  profunda  de  todas  las  certidumbres,
convicciones, teorías y creencias. Pero ella no puede apartarse de la vida real, de la vida
verdadera, de la vida vivida, que no es nunca la de los lugares comunes, la del artificio,
el sofisma y la frivolidad, sin riesgo de desintegrarse. Puedo parecer pesimista, pero mi
impresión  es  que,  con  una  irresponsabilidad  tan  grande  como  nuestra  irreprimible
vocación por el juego  y la diversión, hemos hecho de la cultura uno de esos vistosos
pero  frágiles  castillos  construidos  sobre  la  arena  que  se  deshacen  al  primer  golpe  de
viento. 
              Granada, junio de 2009

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